Así viven la “pesadilla” americana muchos inmigrantes

Una historia de The New York Times que habla del precio de no ser de EE.UU. y buscar futuro allí.

Pensé que era de felicidad”, dijo. “Así fue como me enteré de cómo llegué al país, y que no podía hacer realidad ese sueño”. Llegó cuando tenía 15 años, y no sabía que su familia nunca había conseguido la residencia legal.

Su ceremonia de graduación fue “como un funeral”. Un mes después, llena de angustia, rompió los premios que habían cubierto las paredes de su recámara. Pensó en el suicidio. “Un día, simplemente sufrí una crisis y sentí que había hecho todo por nada”, explicó. “El objetivo era que ingresara a la universidad, y ayudar a mi padre que trabajaba en una residencia para ancianos que lo estaba matando. Mi madre estaba en una cocina Lo más difícil para mí fue encontrarme con mis compañeros de clase. Todo el mundo sabía que iba a hacer algo grande”.

Sus compañeros de clase fueron a la universidad, y ella se quedó atrás. Se hizo voluntaria en organizaciones sin fines de lucro locales, solicitó la residencia legal y la rechazaron. La tensión acabó con su matrimonio. El año pasado se mudó a Canadá para solicitar el estatus de refugiada y está esperando los documentos. Si la aprueban, lo siguiente serán las solicitudes para las universidades. “Soy una sobreviviente”, dijo en entrevista telefónica desde Montreal. “Y no me doy por vencida”.

W.G., un inmigrante haitiano que también asistió a escuelas de Boston, dijo que lo salvó una beca en una universidad privada en Nueva York. Lo llaman un “estudiante internacional” y sólo le cobran el alojamiento y la comida. “Es una bendición”, dijo W.G., quien habló sólo a condición de no usar su nombre.

Irónicamente, sus padres le mandan mil dólares al año desde Haití para cubrir sus gastos mínimos, aun cuando huyó del país debido a la pobreza generalizada. Su padre es un abogado, pero la violencia y el desempleo son generalizados. A los 15 años, W.G. llegó a Estados Unidos por su propia cuenta con la esperanza de estudiar medicina, y se quedó cuando se venció su visa.

En Nueva York, W.G. pasa casi todo el tiempo en la biblioteca. Su presupuesto es de 25 dólares al mes, en su mayor parte para lavandería. Sólo come en los comedores comunitarios, incluso comida extra. Nadie sabe de su situación migratoria, y trata de no pensar en ello. “Te puede hacer vacilar”, dijo.

Esa misma actitud impulsa a Filipe. En Brasil, su familia llevaba una vida de clase media, hasta que sus padres se separaron y su padre se mudó a 200 millas de distancia. Su madre siguió a un novio a Massachusetts y Filipe llegó buscándola cuando tenía 12 años.

Vivían en un departamento pequeño en el este de Boston, y dormían en colchones sobre cajones de leche. Ella aceptó un trabajo limpiando casas. En ocasiones, ella le dice que quiere regresar a Brasil. Eso lo enfurece. “Ni siquiera me lo menciones”, dijo Filipe.

Filipe ha pasado los últimos nueve años transformándose en un estadounidense, aunque no en el papel. No envía dinero a su casa y pocas veces habla portugués. La mayoría de sus amistades es estadounidense. “Me harté de que la gente dijera que no quieren ser estadounidenses”, dijo. “Decidí hacer mi parte para demostrar que los inmigrantes no son alguna especie de alienígenas, que podemos ser exactamente como ellos”.

En 2006, cabildeó con legisladores estatales para que aprobaran una iniciativa de ley por la cual se le permitiría pagar colegiaturas y cuotas de residente. La Cámara la rechazó. Todo el mundo le dice que espere hasta el año siguiente, y quizá cambie algo.

“Ya llevo años oyendo el año próximo”, dijo. “Tuve todas las oportunidades que cualquier otro niño pero no puedo usarlas”.

Por: María Sacchetti / The Boston Globe / The New York Times News Service

 

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